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Eduardo Dato visto por sus contemporáneos

 

El Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia introduce a Eduardo Dato de la siguiente manera:

"Dato Iradier, Eduardo. La Coruña, 12.VIII.1856 - Madrid, 8.III.1921. Jurista, político, jefe del Gobierno y del Partido Conservador".

Estas dos líneas y el resto de su biografía pueden resumir muy bien la trayectoria vital de un político que dejó una profunda huella en su tiempo, pero no pueden dar la medida de su influencia en sus contemporáneos y tampoco cómo era visto por ellos.

Excmo. Sr. D. Eduardo Dato e Iradie Presidente del Consejo de MinistrosExcmo. Sr. D. Eduardo Dato e Iradier
Presidente del Consejo de Ministros

En 1978, en su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de la historia, Carlos Seco Serrano ya proponía mirar con otros ojos a Eduardo Dato, vencer las resistencias historiográficas que habían abordado a este y a otros personajes de la segunda etapa de la Restauración, a los que había juzgado de manera demasiado uniforme, sin atender a matices, llena de lugares comunes y, en muchos casos, falta de profundidad.

Podríamos decir que, en 1978, el profesor Seco rasga el velo, y lo hace tras haber revisado el interesante y prolijo archivo personal que la familia Dato había depositado en la Real Academia de la Historia. Después vendrán otras revisiones de Dato y de su influencia en la legislación social española, que harán justicia a un hombre de leyes que, con el rigor del estudio, logró vertebrar un marco jurídico que atendiese a la "cuestión social". También serán interesantes las aproximaciones biográficas de Herrero de Miñón, y las que complementan las monografías dedicadas al desarrollo de su programa social contribuyen a matizar algunas visiones de trazo grueso que, hasta ese momento, habían sido las únicas. En concreto y como bien señala Herrero de Miñón, la frase acuñada por Melchor Fernández Almagro con una innegable carga peyorativa cambia por completo de interpretación. Ese "Andando de puntillas, aprendió Dato a llegar lejos…" puede dejar de tomarse como un reproche para comenzar a apreciar el talante moderado y equilibrado de un Eduardo Dato que huía del estrépito y que se mantuvo fiel a unos ideales que logró llevar a la práctica.

Grillparzer, hablando de Beethoven, dijo de él: "Era un artista, pero también era un hombre". Parafraseando a Grillparzer, Eduardo Dato era un político, pero también era un hombre, y así fue visto por sus contemporáneos.

En la España que bascula entre el siglo XIX y el XX, Eduardo Dato fue casi todo lo que un político y un hombre de leyes pudo ser: abogado, diputado en varias ocasiones, presidente del Congreso, ministro, presidente del Consejo de Ministros, alcalde de Madrid, miembro del Patronato del Museo del Prado, académico y presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, de la de Ciencias Morales y Políticas…

Contaba para ello, además de con una sólida formación, con visión de mundo, pues su archivo personal da noticia de que, por razones profesionales hubo de viajar con frecuencia, especialmente a París. Además, de sus discursos y obras académicas, se puede concluir que leía varios idiomas y estaba siempre atento a las novedades bibliográficas de diversas especialidades.

Tenía gustos refinados y sensibilidad para el arte y la cultura, como demuestra que presidiera la Sociedad de Amigos del Arte y la Asociación para el Progreso de las Ciencias. De su época como vocal del Patronato del Museo del Prado, las actas del patronato corroboran que trabajó a favor de la independencia de este órgano, y su colaboración fue muy valiosa, sobre todo en lo que a concesiones presupuestarias se refiere, según recoge el propio Museo del Prado en la entrada biográfica que le dedica. De su época como alcalde, también se conservan diversos intercambios epistolares acerca de la instalación del alumbrado municipal alrededor de aquel. 

Antes de entrar en política, sin embargo, Dato ya se había hecho un nombre y una carrera profesional, pues contaba con un floreciente despacho de abogados propio, que impulsó a fuerza de tesón y tenacidad. Tomás Montejo, compañero de partido y miembro de su último gabinete lo describe así en la necrológica que le dedica ante la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas:

"Desde un principio hasta el día de su muerte fue, efectivamente, incansable trabajador. Madrugaba, y sin perder un momento, comenzaba a estudiar y despachar, unos tras otros, asuntos que dado su número e importancia, no habría podido tramitar o resolver, a no poseer la firmeza de voluntad con que el Señor hubo de dotarle, y que tanto le ha caracterizado".

Después de ello despega su carrera política, en la que ocupa cargos muy diversos, pero tras haber accedido al acta de diputado. 

Al Dato orador nos los presenta Azorín en una crónica que desvela su fin desde el propio título: La discreción del Señor Dato. En ella Azorín desgrana un lance oratorio con Vicenti a cuenta de la Ley de Descanso Dominical. Arranca casi describiéndolo así:

"Ya está aquí el Sr. Dato; es decir, ya está aquí el hombre correcto, hábil, cauto, sencillo en la apariencia y complejo en el fondo […]. La voz del Sr. Dato va cobrando mayor fuerza y sonoridad. El Sr. Dato es un tipo delgado,  fino; viste con sencillez; un cuidado bigote gris baja en curvas suaves por la comisura de los labios, y en torno a su cráneo limpio, luciente, sonrosado, destaca una melena corta, parca. Todo es discreto en el Sr. Dato".

Sigue después narrando el enfrentamiento dialéctico en el que Dato se sacude el "socialista" que casi le había arrojado Vicenti armando un discurso en el que defiende a ultranza la justicia de las leyes sociales que se habían hecho y, más aún, las que quedaban por hacer con palabras "elocuentes, persuasivas". Finaliza Azorín condensando la personalidad que, según él, se desprende de sus intervenciones:

"Y el Sr. Dato ha terminado. Simplicidad y discreción: he aquí las dos cualidades características de un espíritu sutil, aristocrático".

El Diario de Sesiones de 8 de octubre de 1904 reproduce, sin las impresiones azorinianas, la literalidad de un discurso que plasma bien el estilo oratorio de Eduardo Dato, pero también sus sólidas convicciones en esta materia. 

Pudiéramos cometer el error de no apreciar las cualidades oratorias de Dato, si atendemos a algunas impresiones, como la formulada por Gabriel Maura al describirle como "orador de más preparación que lucimiento"; pero no sería este un juicio justo, pues en Dato siempre primó el contenido sobre la forma, y el rigor sobre otras cuestiones, como abogado que era. A este propósito conviene traer a colación un intercambio un tanto mordaz con el senador Navarro Reverter en torno a la acepción de una palabra que Dato emplea en una interpelación motivada por la situación española con motivo de la I Guerra Mundial en la cámara alta el 3 de febrero de 1915. En ella, Dato y Navarro Reverter disputan por el sentido dado al término "consorcio". Dato, con ironía, se extraña de que Navarro Reverter, miembro de la Real Academia Española no conozca la acepción empleada, y aprovecha para decir:

"En eso S.S. es grande autoridad; pero me va a permitir una observación, porque yo tengo por oficio, mejor dicho, he tenido toda mi vida, el ser abogado".

Dicho, quizá de forma más ecuánime por uno de sus estrechos colaboradores en el Instituto Nacional de Previsión, Pedro Sangro y Ros de Olano:

"Hablaba bien […] como el término medio de los ingleses; como ellos, tenía el arte de hablar. Saber hablar, aunque otra cosa se crea y se tenga por atributo propio de todo ser humano, no es tan natural como parece: arte elemental, pero arte […] lo que no hay que confundir con el privilegio de la oratoria de excepción. […] A diferencia de otros hombres políticos, Dato se hizo más en el cargo ejecutivo que en las lides parlamentarias, que ni rehuía ni (correcto, pero no brillante orador) apetecía".

Y es que fue en el ejercicio de sus cargos políticos donde destacó con mayor brillantez, no solo en el campo de la legislación social, sino en la ya citada neutralidad española en la conflagración europea, cuestión en la que la prudencia de Dato logró esquivar la participación española.

La posición y el decidido impulso dado por Dato a la legislación social, fruto de su conciencia sobre esta cuestión, que expone de forma nítida no solo en el parlamento cuando se discuten los proyectos de ley que impulsa, sino en numerosas conferencias y discursos. Quizá los más rigurosos sean aquellos que pronuncia en el seno de las Reales Academias de las que formó parte, aunque no cabe duda de que salpican una gran parte de su actividad oratoria dentro y fuera del Congreso de los Diputados. Entre todos ellos cabe destacar su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, "Concepto de justicia social y su realización". 

Dato e Iradier, Eduardo. 1856-1921

Esto le granjeó el afecto de las clases populares, y el rechazo, en muchos casos, de las patronales y amplios sectores de la vida política. Pero sin duda, por justicia, se identificó con los primeros y luchó por conseguir la dignidad que era necesaria. No son pocas las noticias de prensa que hablan de ello, pero es particularmente representativa para llegar a comprender la consideración que de Dato se tenía entre los trabajadores una carta que se conserva en el Archivo del Congreso de los Diputados y que le remiten, mientras preside la cámara, los cocheros que son hostigados por otros y que solicitan su intervención. En ella apelan a su "bondadoso corazón" y le dicen así:

"Siendo como es Vd. el padre de los pobres como todos sabemos y todo el mundo dice por donde quiera que uno vaya, le pedimos que no nos abandone"

Destacaban en Dato, como ya anticipara Azorín para describirle, la pulcritud en las maneras, que era reflejo, o viceversa, como mejor dice Carlos Seco Serrano, de su pulcritud moral; tanto es así, que si se pensara en un prototipo de corrección y elegancia en su época, inmediatamente Dato acudiría a la mente de aquel que lo pensara. 

De nuevo Montejo y Rica rememora estas cualidades desde el inicio de su andadura profesional:

"Atraía a sus clientes por su exquisita amabilidad y su extremada delicadeza. Trataba a los adversarios con decoro y dignidad. Respetaba a los jueces, pareciéndole que cualquier otra influencia cerca de ellos, que no fuera la de la justicia, era abominable".

Esta exquisitez en las maneras era corroborada por casi todos los contemporáneos que tuvieron trato con él. Manuel Bueno, escritor, amigo y compañero de filas del político, pero también un dandy a caballo entre la Generación del 98 y la Bohemia, lo plasma así en una carta que le dirige:

"Usted es, como Silvela, un producto de la cultura cosmopolita, saturado de todas la savias doctrinales modernas, lleno de comprensión y de indulgencia, y con una agilidad de adaptación a las teorías de ahora, que un político a la usanza clásica española no podría comprender. […] Usted, don Eduardo, es un gran comprensivo y, como todos los grandes comprensivos, un gran bondadoso".

Sigue el mismo Manuel Bueno:

"En el Gobierno tiene V. hombres admirables… Ninguno de ellos, ni todos juntos poseen la cualidad sobresaliente de V.: el charme personal que seduce las voluntades ajenas y cautiva los corazones".

El profesor Seco condensa diversos testimonios de la época acerca de su carácter y encanto personales: "El charme de Dato era universalmente reconocido; se basaba en la simpatía, la corrección y la bondad, y en la lealtad inalterable no solo hacia sus amigos, sino también hacia sus adversarios". O, dicho con la ironía de Santiago Alba y Bonifaz, "la simpatía de Dato es una calamidad nacional".

Destaca, fruto de la investigación de su archivo personal, el descubrimiento de la cantidad y variedad de amistades que cultivaba y las muestras de afecto más dispares, en cuanto a clases e ideologías que logró congregar. Así, Sánchez Guerra, quien estuvo durante toda su carrera política a su lado y tuvo el triste honor de dirigir su oración fúnebre desde el sitial de la presidencia del Congreso, le escribe varios años antes de que esto suceda: "Es usted un amigo incomparable; lo sabía y lo celebraba, pues con la certeza de su buena amistad me lisonjeo". Y, en el lado opuesto del salón de sesiones, Rodrigo Soriano le dice: "Desde que le conocí, le estimé y en nuestra larga vida política siempre vi en usted un buen amigo y un leal adversario".

Emilia Pardo Bazán en 1910 le escribe: "Es V. el más bueno de los amigos, y un político cultísimo y que sabe distinguir. Yo le profeso a V. un afecto verdadero y creciente, a V. y a los suyos, todos tan encantadores".

Porque otra de las características de Dato es que es un hombre de familia, y todos sabían del amor que profesaba a su esposa y sus hijas y dejó no pocos testimonios de este amor en las cartas que les enviaba cuando sus obligaciones le separaban de ellas. Por ello estremece leer, en la oración parlamentaria que Sánchez Guerra pronuncia a su muerte, el dolor de todas ellas ante su cadáver en la casa de socorro a la que es trasladado tras el atentado.

Dato era un hombre en el que cabían otros muchos, un hombre hecho de contrastes, pero cuya trayectoria vital y política merecen hoy, un siglo después de su asesinato, la reivindicación templada y justa que hizo de él Amós Salvador al contestar a su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas:

"Pertenece a aquella categoría de personas a quienes el lenguaje vulgar distingue con el calificativo exactísimo e irremplazable de equilibrados. Y cuando se dice, de quien quiera que sea, que es un hombre equilibrado, se hace de él, en una sola palabra, un grandísimo elogio".

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