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1921: Un asesinato que cambió el curso de la Historia
 

Portada de Le Petit Journal con ilustración a página completa de la recreación del momento del asesinato del presidente DatoPortada de Le Petit Journal con ilustración a página completa de la recreación
del momento del asesinato del presidente Dato

Cuando al caer la tarde del 8 de marzo de 1921 Eduardo Dato se subió a su coche a la salida del Palacio del Senado nada le haría, seguramente, pensar que su destino iba a ser muy parecido al del hombre que presidía desde un pedestal esa misma plaza, Antonio Cánovas del Castillo: estaba a punto de sufrir un atentado que acabaría con su vida, con la vida del tercer presidente del Consejo de Ministros en menos de tres décadas.

El presidente tomó, pues, su coche, como un día cualquiera y partió desde allí tras cumplir con sus obligaciones en la cámara alta en dirección a su domicilio, en la calle Lagasca esquina Alcalá, sin presentir nada, aunque tampoco era por completo ajeno: sabía que la tensión crecía, que el pistolerismo estaba desbocado, que se estaba tratando de sofocar con una represión feroz, y que había contra su vida amenazas a las que, sin embargo, nadie había dado crédito. 

El ambiente se había tornado muy denso en los últimos tiempos, se rumoreaba que apenas una semana antes un guardia había logrado evitarle un atentado. Esto no fue de dominio público, sin embargo, hasta algunos días después, cuando diarios y revistas se poblaron de noticias, informaciones, entrevistas y rumores. También el Diario de Sesiones del Congreso certificaría, al día siguiente de su muerte, que él era consciente de que su vida corría peligro. Algunos decían que eran los anarquistas los que le habían puesto una diana, otros que era el culpable de los excesos de la represión obrera en Cataluña, otros que la amenaza procedía de los socialistas… Pero nada de esto había sido tomado en serio.

Al llegar a la plaza de la Independencia una moto con sidecar se puso a la altura del vehículo, y desde ella comenzaron a disparar. Los impactos todavía se pueden contemplar en el coche, conservado por el Museo del Ejército; ocho atravesaron la carrocería y cinco impactaron en el cuerpo de Eduardo Dato, quien ingresó ya cadáver en la cercana Casa de Socorro de Buenavista.

Casi al mismo tiempo que silbaban las balas, la noticia volaba por Madrid; también llegó al Congreso, y su presidente, José Sánchez Guerra, acudió enseguida, pero ya Dato yacía inerte y no pudo hacer más que constatar su muerte y tratar de reconfortar a su viuda y a sus hijas. 

Fotografía del exterior del coche en el que fue asesinado Eduardo Dato. Museo del EjércitoFotografía del exterior del coche en el que fue
asesinado Eduardo Dato. Museo del Ejército
Fotografía del interior del coche en el que fue asesinado Eduardo Dato. Museo del EjércitoFotografía del interior del coche en el que fue
asesinado Eduardo Dato. Museo del Ejército

Al día siguiente la cámara se reunió en pleno para tomar constancia de lo sucedido, y la sesión arrancó con la lectura de la comunicación, formal y fría, dirigida por el Gobierno y firmada por Gabino Bugallal en la que se confirmaba oficialmente el fallecimiento de Dato el día anterior "víctima de un infame asesinato". El mismo Conde de Bugallal tomó la palabra a continuación para destacar, más allá del afecto y la emoción del momento, que Dato era el tercer presidente que moría asesinado, y al referirse a él destaca:

"Y es el tercero, señores, el que ha tenido la gloria de ser el iniciador en la esfera legislativa de soluciones en favor de las clases obreras, y que consagró su vida entera y dedicó todos sus afanes de hombre de estudio y de pensamiento a buscar la manera de procurar que estos desniveles sociales fuesen cada vez más suaves, fuesen más dulces, que las relaciones entre la Humanidad fuesen constantemente cordiales, o que, por lo menos, estuvieran inspiradas en esta finalidad".

Justo después toma la palabra el presidente del Congreso, José Sánchez Guerra, para conducir la oración parlamentaria en honor de Eduardo Dato en uno de los más emotivos discursos que ha registrado el Diario de Sesiones. El presidente narra así los terribles minutos ante el cadáver:

"Fueron esas caricias [las de su esposa y sus hijas] a buscarle en aquella cama de la Casa de Socorro donde hubo de ser llevado, donde exhaló el último suspiro, y yo, que presencié emocionado aquella trágica escena inolvidable, no pude convencerme hasta entonces de la certeza horrenda de lo irremediable, porque sólo viendo al Sr. Dato insensible ante aquellas caricias, que eran la ilusión de su espíritu y el premio a todos sus esfuerzos, y sordo ante aquellas voces angustiadas y angustiosas, pudo penetrar en mí la triste realidad de su muerte". 

Dato y Sánchez Guerra eran viejos conocidos, amigos si es que los hay en la política, correligionarios, que habían compartido obligaciones y responsabilidades, por ello podemos leer la emoción en sus palabras, la sinceridad de los halagos, y la pena, sobre todo la terrible pena que siente por su familia.
Finalmente el pleno acuerda la suspensión transitoria de las sesiones mientras se reordena el Gobierno. Y quedaba todavía otro asunto por tratar, pero este se dirimirá por el presidente del Congreso y la Comisión de Gobierno Interior: establecer qué honras fúnebres se dispensarán a Dato, pues además de presidente del Consejo de Ministros también ostentaba la condición de expresidente del Congreso. 

S. M. El Rey Alfonso XIII había dispuesto, de acuerdo con los deseos de la familia, que el entierro se celebrase el día 10 en la Sacramental de San Isidro de la capital. La Gaceta de Madrid de 9 de marzo lo recoge en el Real Decreto dado por el Rey, que establece además que se le tributen honores de Capitán General del Ejército que muere con plaza de mando en Jefe, así como que a la conducción de su cadáver acudan tanto el Consejo de Ministros como Comisiones de todos los cuerpos, tanto civiles como militares, y que se decreten tres días de luto oficial con obligación de que todas las banderas ondeen a media asta.

Un día más tarde se publica la Real Orden Circular con el ceremonial aprobado por S. M. el Rey en el que se dispone la hora de comienzo y recorrido de la comitiva fúnebre, así como el orden de la misma. El carro fúnebre será custodiado por alabarderos, que se situarán en sus costados, y los porteros del Congreso y de las demás instituciones del Estado lo seguirán portando hachas encendidas.

El Congreso de los Diputados, por cauce de su presidente, determina qué diputados habrán de formar parte de la comisión que acompañará el cadáver, pero decide además extender la invitación a todos los miembros de la cámara y dirigir carta al presidente del Senado para que pueda actuar del mismo modo y que todos los senadores puedan acudir a las exequias.

El número de Mundo Gráfico de 13 de marzo de 1921, publica un detallado reportaje sobre el asesinato de Dato y una crónica gráfica de la conducción del féretro hasta el cementerio. Ejemplar digitalizado por la Biblioteca Nacional de España.

Tras el entierro, los funerales por el alma de Eduardo Dato se celebraron en la Real Basílica de San Francisco el Grande de Madrid el 17 de marzo. De nuevo se congregaron allí miembros del Gobierno, del Congreso y del Senado y grandes figuras de la vida política y social de la capital. Las invitaciones que se precisaban para acceder a la basílica, con orla de luto, determinaban el protocolo para la ocasión: frac o uniforme para los caballeros y mantilla para las damas.

Invitaciones a los funerales por el alma de D. Eduardo Dato e Iradier

Es bien sencillo imaginar que en muchos de los corrillos que se formaron a la salida de los funerales no se hablaría de otra cosa que de las circunstancias del atentado, de cómo se estaba peinando Madrid para localizar a los asesinos, de las detenciones, de los que habían logrado escapar, del hallazgo de la motocicleta, de si el auténtico objetivo era Martínez Anido que estaba desplegando una dura represión contra el sindicalismo y el anarquismo en Cataluña y Dato fue solo un objetivo más asequible, y de todas las incógnitas que flotaban en el ambiente acerca de lo fácil que había sido atentar contra el presidente.

Hoy podemos recrear gracias a los numerosos testimonios y datos recogidos por la prensa, y también por la reconstrucción de los hechos que contiene el expediente del juicio a los acusados, casi todos los detalles del asesinato, aunque todavía persisten, como entonces, algunas preguntas sin respuesta. La Audiencia de Madrid reconoce, en su sentencia de 11 de octubre de 1923, que sus asesinos, Pedro Mateu, Luis Nicolau y Ramón Casanellas, llegaron a Madrid unos días antes y, con total impunidad y casi con ostentación, comenzaron los preparativos del magnicidio, que ejecutaron sin contratiempos, pues, a pesar de los rumores y las amenazas, no hubo refuerzo de la escolta del presidente ni se tomó ninguna medida de seguridad adicional. El presidente era, pues, un blanco fácil para estos pistoleros.

Inmediatamente después del asesinato huyeron, pero poco después se localizaba el escondite de su vehículo y, a partir de ahí, comenzaban las indagaciones que conducirían, meses después, a practicar varias detenciones, entre ellas, la de uno de los sospechosos que acabaría sentado en el banquillo. Los otros dos lograron huir, uno a Alemania y otro a Rusia, auxiliados, probablemente, por anarquistas y sindicalistas, aunque las autoridades alemanas extraditarían en 1922 a Nicolau y su esposa y también él sería juzgado. Sin embargo, durante el proceso todavía faltaría el huido a Rusia y habría de ser juzgado en rebeldía.

La Audiencia condenó, pues, tras diversos testimonios y la aportación de pruebas, a los tres encausados, aunque absolvió a otros sospechosos, y la sentencia consideraría probado que los tres planificaron y llevaron a cabo el asesinato convencidos de que Eduardo Dato representaba el obstáculo para la consumación del orden social que preveía la opinión mayoritaria del elemento sindicalista barcelonés y de la Confederación Nacional de Trabajadores, de la que procedían. Fueron condenados a muerte, aunque la pena fue conmutada por cadena perpetua y dos de ellos se beneficiaron de la amnistía aprobada por la II República. El tercero, el huido, regresaría a España también con el cambio de régimen.

Pero nada podía borrar lo que había sucedido; el atentado contra Eduardo Dato no solo segó su vida, sino que sacudió todavía más la ya convulsa vida política española y, como las ondas que provoca una piedra en un estanque, sus consecuencias se dejaron sentir hasta mucho tiempo después. 

Traslado de los restos de D. Eduardo Dato al Panteón de Hombres Ilustres (ABC / Julio Duque)Traslado de los restos de D. Eduardo Dato al Panteón de Hombres Ilustres
(ABC / Julio Duque)

En aquellos días, muchos sintieron también la pérdida del amigo, del destacado jurista, del compañero de filas, de escaño, de academia, e, incluso, del oponente… y muchos ciudadanos corrientes se sintieron huérfanos y estimaron propia la tragedia. Las muestras de duelo se multiplicaban por todos los lugares de la geografía española. El Archivo del Congreso de los Diputados conserva, dentro del expediente dedicado al duelo y honras fúnebres del expresidente Dato, una buena muestra de los muchos telegramas, telefonemas y cartas de pésame recibidas. Fueron tantos que, además de traducirse y ser "oídos con reconocimiento" los procedentes de las Cámaras Legislativas de otros países, hubo de redactarse una relación de todos los testimonios de duelo recibidos, pues durante varios días el Congreso, por cauce de su presidente, estuvo recogiendo el sentimiento y la repulsa por el atentado que nacían espontáneamente fuera y dentro de España (ACD Gobierno Interior, legajo 94, número 95: Fallecimiento, entierro y funerales de Eduardo Dato Iradier, expresidente del Congreso de los Diputados y presidente del Consejo de Ministros).

Nadie alcanzaba a comprender cómo un hombre bueno, un hombre de leyes y un político capaz de introducir tan profundas reformas en la legislación y la política social había sido asesinado de un modo tan cruel y la perplejidad, el dolor y el sentimiento ante la sinrazón transitan por las líneas de todos ellos.

Casi de forma inmediata, esta corriente de sentimiento cristaliza en diversas iniciativas públicas para recordar su figura y su obra; por ello Álava, su distrito electoral, inaugura una escultura en su memoria en 1925, y el Congreso también decidió honrarle entre las paredes de su sede.

El 11 de junio de 1922, Dato recibirá otro honor póstumo: sus restos mortales serán trasladados al Panteón de Hombres Ilustres anejo a la Basílica de Atocha cuando se decide que esa debe ser, en compañía de otros grandes hombres de Estado, su morada definitiva; y también allí estará para acompañarle Sánchez Guerra. Mariano Benlliure recibió el encargo de diseñar y ejecutar un monumento funerario para Eduardo Dato, y hoy puede contemplarse, obra de uno de los más reputados escultores de la época, su sereno rostro esculpido en frío mármol, casi con esa media sonrisa que porta en los retratos que de él conservamos. 

Eduardo Dato en su despacho (ABC / Charles Chusseau Flaviens)Eduardo Dato en su despacho (ABC / Charles Chusseau Flaviens)

Algunos años después, con motivo del decimoquinto aniversario de su asesinato y casi a las puertas de la Guerra Civil, La Época publicaría lo que bien puede ser el epitafio de Eduardo Dato e Iradier. Sirvan hoy sus palabras para recordar, en el centenario de su asesinato, su obra política:

"Con la clarividencia de un espíritu excepcional, Dato, desde su posición conservadora, se adelantó a los legisladores de su tiempo con la promulgación de leyes sociales que significaban un avance en la sociedad europea. Y con ser muchos y muy diversos los merecimientos de aquel insigne patricio ninguno supera al de haber sabido mantener e imponer la neutralidad de España desde el comienzo de la gran conflagración de 1914. Su obra en este punto puede calificarse de obra de arte política. […] La contemplación de la realidad política de nuestro país, tan llena de zozobras y de amenazas, nos lleva, al recordar esta triste fecha, a contemplar con admiración la figura histórica del gran estadista conservador que dio su vida por la patria".

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