Discurso de la presidenta del Congreso de los Diputados en el acto de homenaje a las víctimas del terrorismo

date 27/06/2019

Señorías, el terrorismo se distingue por su carácter de ataque al conjunto de la sociedad, a todos y cada uno de los ciudadanos y por su desconocimiento radical del valor de la vida, de cada concreta e irrepetible vida que destruye de uno u otro modo. En palabras del Preámbulo de la Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo, "supone la cosificación de las personas, a las que pretende privar de su humanidad". Pone en riesgo los pilares en que se sustenta el Estado de derecho y el marco de convivencia de las democracias del mundo entero.

En su voluntad de dañar, del modo más doloroso posible, al conjunto de los ciudadanos y al ejercicio diario y esencial de la convivencia, los terroristas deciden conscientemente utilizar como instrumento de dolor a todos y cada uno de los miembros de una sociedad para sus fines totalitarios, excluyentes y destructivos; su propia esencia atenta así contra el pensamiento fundamental de nuestras sociedades democráticas y desarrolladas, contra el respeto a los derechos de toda persona, contra la consideración de todo ser humano como fin en sí mismo, contra el libre desarrollo de su vida y su libertad.

La actuación del terrorismo se define en truncar cuantas vidas pueda para provocar el miedo y, con él, la cesión en la defensa de los valores de la comunidad. Ése es su proceder. Lo sabemos bien en España, donde hemos sufrido largos años su ensañamiento, y en especial el de la banda terrorista ETA, y donde sufrimos, como en el resto de Europa y del mundo, el sinsentido del terrorismo yihadista.

Como expresó nuestro Tribunal Constitucional, el terrorismo de nuestro tiempo, como violencia social o política organizada, no limita su proyección al daño individual -con lo doloroso que este es- sino que se manifiesta como actividad dirigida a subvertir el orden constitucional que rige el mundo que llamamos civilizado.

Frente a ello, frente a ellos, el éxito de la sociedad española y el objetivo que nos une en las sociedades democráticas es persistir en la defensa de nuestros valores.

Podemos afirmar con orgullo que la derrota de ETA en España se ha alcanzado desde el respeto al Estado de Derecho, con la labor diaria y consciente de las fuerzas y cuerpos de seguridad, de los jueces y magistrados y mediante la persecución constante de todas las actuaciones y vías de apoyo al terrorismo.

En ese camino, difícil pero fructífero, hemos descubierto, con todas las dificultades, la importancia de aquello que nos une frente a los terroristas. La unidad de los demócratas ha sido un factor vital, un pacto que expresa la pertenencia del conjunto de los ciudadanos y las fuerzas políticas, sin perjuicio de su pluralismo, a un bando común, lejos de cualquier neutralidad, el bando de los derechos fundamentales y los valores democráticos.

Esta unidad no es fácil. Fraguarla y mantenerla ha exigido un constante diálogo entre ciudadanos y partidos. Un diálogo real y profundo, caracterizado por la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de asumir posiciones que permitan la integración de todos quienes nos oponemos al terrorismo, en el marco de acuerdo fundamental definido por los valores constitucionales. Hoy es también un día para recordar el valor de la política y de los políticos que, a lo largo de los años y en los distintos ámbitos territoriales, supieron vencer las dificultades que se plantearon para esa unidad. Que no sólo renunciaron a su utilización política, sino que incluso subordinaron sus críticas y sus propuestas en esta materia en aras a conseguir el superior objetivo de la derrota del terrorismo. Porque desterrar el partidismo es uno de los objetivos más nobles y más decentes que hemos conseguido.

Cada vez que se plantea un desafío a nuestros valores comunes, a los fundamentos de nuestra convivencia, la reedición diaria de esa unidad es un reto vital para los miembros de esta Cámara, para los políticos y para los propios ciudadanos, la unidad en los valores que nos configuran como comunidad.

Valores compartidos con el resto de estados democráticos, cuya cooperación recíproca es necesaria en la lucha contra todo terrorismo. Una cooperación internacional que hoy es aún más imprescindible en la lucha contra el terrorismo yihadista, dada su naturaleza sustancialmente transfronteriza.

Entre esos valores están en lugar destacado la justicia y la solidaridad. Justicia y solidaridad con las víctimas del terrorismo, que son quienes mayor sacrificio han debido asumir. La solidaridad no es, no debe ser, una palabra vacía. La llena de contenido, en primer lugar, el apoyo en la búsqueda de justicia. En segundo lugar, la voluntad de expresar que estamos al lado de las víctimas, que no están, que no deben nunca estar, solas. Y en tercer lugar, el acompañamiento en la memoria de todos y cada uno de los atentados, de todas y cada una de las víctimas que lo fueron en nombre de todos nosotros, de toda la sociedad, de todos quienes asumimos el proyecto de convivencia que el terrorismo quiere romper con cada una de sus acciones.

En todo ello ha sido y es esencial la existencia de las asociaciones de víctimas, como también debe serlo la labor de la Fundación Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo que, bajo la Presidencia de Honor de S.M. El Rey, tiene como función preservar y difundir los valores democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo, construir la memoria colectiva de las víctimas y concienciar al conjunto de la población para la defensa de la libertad y de los derechos humanos y contra el terrorismo.

Creo que en el día de las víctimas del terrorismo todas ellas querrán incorporar a nuestra memoria una consideración especial de los cuerpos policiales y de la Administración de Justicia. Sin duda porque a los funcionarios de seguridad y justicia pertenecían tantas víctimas, pero más aún por la consideración y solidaridad que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los Jueces y Magistrados han tenido hacia las víctimas en su tarea de luchar contra todos los terrorismos que hemos tenido que sufrir.

En esa solidaridad, como respuesta al cruel sinsentido de las acciones terroristas, damos cauce a muchas razones, pensamientos y deudas. Pero hoy, en este acto, damos cauce sobre todo a un afecto íntimo y personal, más allá de cualquier razonamiento; el afecto por quien ha sufrido en su persona y su familia el dolor de los actos dirigidos contra toda la sociedad.

Les ruego que en memoria y en solidaridad con todos ellos guardemos un minuto de silencio para terminar este acto.

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