José Echegaray: diputado antes que premio nobel


Que José Echegaray y Eizaguirre (1832-1916) es un personaje fascinante en una época igualmente fascinante, no genera dudas. Sin embargo, su obra científica y literaria ha apagado en parte su trayectoria política. Dice de él Santiago Ramón y Cajal en 1922 que “era incuestionablemente el cerebro más fino y exquisitamente organizado de la España del siglo XIX. Él lo fue todo, porque podía serlo todo”.

Y es que Echegaray fue ingeniero de caminos además de dramaturgo, investigador, académico y ateneista, un brillante matemático, diputado durante más de diez años y senador vitalicio, ocupó importantes carteras ministeriales y dejó huella en las Cortes con apasionados y profundos debates acerca de cuestiones cruciales para la España de aquella época. Fue diputado por Avilés en 1869, en 1871 lo fue por Quintanar de la Orden, distrito por el que repitió en los comicios de 1872, año en el que también obtuvo el acta de diputado por Murcia. Después, en 1876, concurrió por el distrito de Cañete, Cuenca, y finalmente en 1879 accedió al escaño por Madrid.

En el primer discurso, maiden speech en la tradición parlamentaria anglosajona, que el diputado electo por Oviedo dirige a las Cortes Constituyentes comienza pidiendo paciencia a sus señorías, pues va a abordar una de las cuestiones más espinosas de nuestro siglo XIX: la cuestión religiosa. En la sesión del miércoles 5 de mayo de 1869 se dirige, pues, a la Cámara por vez primera en lugar del diputado Salmerón, quien iba a utilizar ese turno para afrontar un debate que, como él mismo indica, no es nuevo pero sí afecta a un asunto de enorme trascendencia porque “la cuestión religiosa es tan grande, es tan inmensa, es tan trascendental, afecta de tal modo á todo lo que hay de más íntimo, á todo lo que hay de más profundo, á todo lo que hay de más esencial en la naturaleza humana, que por mucho que sobre ella se diga, siempre queda algo”. Concluye sus palabras invitando a aceptar el artículo de la libertad religiosa en la constitución que se está redactando. Le contesta el señor Castelar reconociendo, a pesar de su divergencia de posición, la magnificencia del discurso que acaban de escuchar.

El resultado de la votación es positivo en las dos enmiendas que se están tramitando, y que finalmente queda recogido en el artículo 21 de la Constitución de 1869, reconociendo la libertad de culto aunque otorgando primacía a la religión católica, logrando así Echegaray sacar adelante solo una parte de lo que es su propósito.

La actividad como diputado de Echegaray es intensa; no solo participa en la redacción de la constitución citada, sino que, bien como ministro o como diputado, participa en la elaboración de numerosas leyes, una de ellas es esta proposición relativa a los canales de riego, en los proyectos de presupuestos, construcción de carreteras y diversas disposiciones relativas a la organización del ejército, así como otras que tienen que ver con la instrucción pública en lo que afecta a la ordenación de cátedras y maestros de instrucción primaria. Su trayectoria política está también muy ligada al Banco de España, pues durante su desempeño como Ministro de Hacienda logró que este Banco gozara del monopolio de la emisión de billetes y monedas en España.

Lorenzo Collaut Valera, José Echegaray, 1924 (Colección Banco de España)Lorenzo Collaut Valera, José Echegaray,
1924 (Colección Banco de España)

En los discursos de don José se puede vislumbrar a un gran orador, pero también en el reconocimiento que de nuevo prodiga a su “lenguaje esmaltado de pensamientos brillantes y de comparaciones felicísimas” Ramón y Cajal cuando afirma que “aprendí a admirarle desde muy joven, con ocasión de sus brillantes discursos políticos en las Cortes Constituyentes, troqué mi admiración en fanatismo” con motivo de la recepción en 1922 de la Medalla Echegaray instituida por la Real Academia de las Ciencias.

En su última etapa como diputado es escogido para formar parte de la Comisión de Corrección de Estilo y después, habiendo sido designado senador vitalicio, forma parte y preside después la Comisión de Fomento y Conservación de la Biblioteca. Es, pues, en este momento cuando se ve asomar al escritor, al hombre culto, que dirige parte de su actividad política a cuestiones relacionadas con la técnica legislativa y con el amor a los libros.

Preguntado por Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa, quienes escribieron su biografía, por la diversidad de su actividad, contestaba que “las matemáticas forma una salsa que viene bien a todos los guisos del espíritu. Las matemáticas armonizan con la música y con el arte en general. Ocasiones hubo en que el afán y la necesidad de ganar dinero me animaron a cultivar la dramática. Pero mi afición a las matemáticas fue constante, era más desinteresada, más pura, más honda, más grande en una palabra. La política está por debajo de estas otras aficiones. Nunca encontré en ella ese placer íntimo que las matemáticas y la literatura me producían. Reconocí siempre que la política era necesaria en las sociedades modernas, porque con todas sus impurezas es elemento de progreso. Pero nada más”.

En 1904 gana el Premio Nobel de Literatura, que comparte con el poeta francés Frédéric Mistral. No es este un reconocimiento exento de polémica, pues diversos escritores españoles ponen en tela de juicio sus méritos literarios; tanto es así que llegan a publicar un manifiesto que es suscrito, entre otros, por Azorín, Valle Inclán y Unamuno.

Su fallecimiento tiene lugar en Madrid el 14 de septiembre de 1916, y es su hijo quien lo comunica al Senado el día 16. El Rey Alfonso XIII expide el 15 del mismo mes un Real Decreto para dar testimonio del profundo dolor que causa a la Nación la pérdida de Echegaray y tributándole justos honores. La Comisión de Gobierno Interior designa, en cumplimiento de lo estipulado por este Real Decreto, una comisión para que acompañe su cadáver hasta el cementerio, que sigue en todo lo previsto en el ceremonial aprobado al efecto. Ante su muerte Mariano de Cavia afirma: “aquí yace el siglo XIX”, pues su fallecimiento representa el fin de una época.

Hoy, un centenario después de este acontecimiento, apenas unos metros separan la calle que rinde tributo a José Echegaray del Palacio del Congreso de los Diputados; quizá don José guste aún de seguir con atención los debates parlamentarios.

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