Gallardo y Rascón. Disputa por la custodia de unos libros


En 1837 al frente de la Biblioteca de las Cortes se encuentra Bartolomé José Gallardo (1777-1852), un brillante historiador y bibliófilo, diputado por Badajoz en las elecciones de septiembre de ese mismo año, crítico literario y precursor de los estudios bibliográficos en España. Gozó de celebridad en vida por su Diccionario crítico-burlesco, pero su gran obra fue sin duda el Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos. Es también considerado una figura polémica y controvertida, cuyo espíritu satírico y fuertes convicciones desencadenaron no pocas polémicas con sus contemporáneos.

Vitola de puro Álvaro n.º 70 de la Serie Literatos con la efigie de Bartolomé José GallardoVitola de puro Álvaro n.º 70 de la Serie Literatos con la efigie de
Bartolomé José Gallardo

La que recogen estos documentos es una de estas frecuentes disputas, en este caso con el archivero de las Cortes.

Es bien sabido que Gallardo era un infatigable buscador de libros y un excelente conocedor de los impresos y que bajo su dirección la Biblioteca de las Cortes incrementó muy notablemente sus fondos. Pues bien, en junio de 1837 llegan a las Cortes dos ejemplares de los tomos 4º y 5º de la Colección de los Viajes y Descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde el siglo XV, que son enviados al Archivo para su custodia.

Hasta aquí, nada nuevo. Sin embargo, un documento firmado por D. Nicolás Antonio Rascón, Oficial de Secretaría y responsable del Archivo pone en conocimiento del los Secretarios de las Cortes que “Al recibirlos [los ejemplares] en el archivo […] se hallaba presente entre otros varios empleados de las Córtes D. Bartolomé Gallardo que manifestando pertenecer dichos dos ejemplares á la Biblioteca, los tomó de la mesa donde se hallaban y se los llevó sin consentimiento mío”.

Cabe imaginar que no era esta la primera vez que sucedía algo así por la amarga queja del archivero.

En el margen de ese mismo documento figura el acuerdo salomónico adoptado por los Secretarios para mediar en el conflicto que se había planteado. No sólo consideran que Gallardo ha de devolver esos libros al Archivo, sino que estipulan también que se abstenga en lo sucesivo de “trasladar [a la biblioteca] libros o ejemplares de documento alguno que pudieran pertenecer a aquel sin que preceda la conveniente resolución y bajo las formalidades prevenidas”; asimismo el archivero “cuidará de no hacer ni permitir entregas sino con aquellos requisitos”.

Se da traslado de tal decisión a los dos interesados, y parece que el bibliotecario devolvió los libros al archivero, si bien lo hace por conducto de la Secretaría y acompañado de un recibo que sirva de testigo de la entrega.

Cierra el expediente que documenta esta riña la respuesta de Gallardo. Armado con la fina ironía que según todos los que lo trataron poseía, contesta a los Secretarios para informarles de que ha cumplido con lo que le habían ordenado, y que a ellos se dirigía dado que el Archivo no era “sino una mera dependencia” de aquellos, dejando así constancia, de paso y con mucha sutileza, de su desacuerdo con la decisión tomada.

Seguramente Bartolomé José Gallardo esbozaría una sonrisa al saber que hoy tales obras se encuentran, como él había querido, en la Biblioteca de la Cámara (ejemplar digitalizado tomo 4º).

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