Documentos Elecciones 19 de enero de 1840


DAOÍZ Y VELARDE: HOMENAJE A LOS DEFENSONES DE LA LIBERTAD NACIONAL

Uno de los episodios políticamente más transcendentales en la Historia del siglo XIX en España tuvo lugar con la Guerra de la Independencia (1808-1814). En el Tratado de Fontainebleau (1807), España y Francia acordaron el paso de las tropas francesas por territorio español con el objetivo de invadir el reino de Portugal. Sin embargo, el propósito del emperador francés, Napoleón I, era distinto: la invasión de Portugal se convertiría en una invasión de la Península Ibérica. Tras las abdicaciones de Bayona (7 de mayo de 1808) en la que Carlos IV y su hijo Fernando VII renuncian a sus derechos dinásticos en favor de Napoleón, el emperador cederá la Corona a su propio hermano, José Bonaparte, erigiéndose como nuevo rey de España.

Grabado con el traslado de los restos de Luis Daoiz y Pedro Velarde a la Colegiata de San Isidro (Madrid)Grabado con el traslado de los restos de Luis Daoiz y
Pedro Velarde a la Colegiata de San Isidro, Madrid
(Museo del Ejército)

El descontento popular hacia la política del secretario de Estado de Carlos IV, Manuel Godoy, quien había favorecido la firma del Tratado con Francia, se materializó con el estallido del Motín de Aranjuez (17-19 de marzo de 1808), propiciando su caída. Poco después, el 23 de marzo de 1808, la capital del Reino de España fue ocupada por las tropas del general Murat. La llegada del ejército francés no hacía más que agravar la ya caldeada situación de un pueblo que empezaba a sospechar que la presencia francesa no iba a ser pasajera. El 2 de mayo de 1808, un nutrido grupo de madrileños se agolpó ante las puertas del Palacio Real para protestar contra el intento de los franceses de trasladar a los últimos miembros de la Familia Real a Francia. Ante la evidente tensión e incertidumbre que se generó, el choque entre los ciudadanos y el ejército francés fue inevitable, un choque que acabó convirtiéndose en toda una reacción popular en Madrid contra el ejército invasor, tal y como podemos leer en la célebre colección de novelas de Benito Pérez Galdós Episodios Nacionales, concretamente en su tercera entrega: El 19 de marzo y el 2 de mayo. Esta reacción popular pronto encontró su eco en otros lugares de España como Zaragoza (el mismo 2 de mayo de 1808).

El levantamiento de Madrid trajo consigo el inicio de una larga guerra de ocupación y resistencia y una brutal represión, que quedó plasmada en varias pinturas de Francisco de Goya. La sangrienta jornada del 2 de mayo acabó con la vida de centenares de españoles, entre los que se encuentran los capitanes del Cuerpo de Artillería Luis Daoíz y Torres y Pedro Velarde y Santillán, cuyos cadáveres fueron enterrados en la iglesia de San Martín. En 1814 las Cortes decretaron exhumar sus cuerpos. En primer lugar, fueron situados en el Parque de Monteleón. Después, el día 2 de mayo, tras una solemne procesión, serían enterrados en la Colegiata de San Isidro el Real. Su reposo en esta nueva ubicación se alargó durante 37 años, sólo interrumpido en 1823, cuando las Cortes se trasladaron primero a Sevilla y después a Cádiz ante el avance del ejército francés que quería reinstaurar a Fernando VII como monarca absoluto. En la sesión del 2 de mayo de 1823 en Sevilla, un grupo de diputados, José Canga Argüelles Cifuentes Prada, Pablo Montesino, Manuel María Sáez de Buruaga, firmaron un acuerdo para pedir a las Cortes el traslado de las urnas que contenían los restos de Daoíz y Velarde, evitando así que cayesen en manos del enemigo. Durante la sesión del 21 de junio de 1823 en Cádiz, se leyó un oficio del secretario de la Gobernación en la que se exponía las dificultades de trasladar a la catedral de Cádiz las cenizas de los héroes del 2 de mayo, marcándose el día 25 de junio como fecha para la ceremonia. Finalmente en la sesión del 20 de julio, se leyó otro oficio del secretario de la Gobernación en el que se manifestaba haber quedado depositadas las cenizas en la catedral de Cádiz y haberse remitido las cuatro llaves de las urnas. Pero todas estas no iban a ser las localizaciones definitivas para Daoíz y Velarde.

Al tiempo que se autorizaba la exhumación y traslado a la Colegiata de San Isidro, se decretó la adecuación del terreno donde yacían víctimas del 2 de mayo (contiguo al Salón del Prado): se cerrará con verjas, se adornará con árboles; en su centro se levantará una sencilla pirámide (...) y tomará el nombre de Campo de la Lealtad. No obstante, el inicio de la construcción del monumento en honor a las víctimas del 2 de mayo se pospondría hasta el Trienio Liberal (1820-1823), después de convocarse un concurso en el que se impondría el proyecto del arquitecto Isidro González Velázquez. Tras estos tres años de experiencia liberal, los trabajos se detuvieron y no se retomaron hasta 1836, ya bajo la regencia de María Cristina. El monumento, finalmente en forma de obelisco –y no de pirámide como se había previsto inicialmente–, fue inaugurado el año 1840, acordándose trasladar las cenizas de Daoíz y Velarde en sendas cajas de plomo. En un documento custodiado en el Archivo del Congreso de los Diputados (ACD), fechado en 6 de mayo de 1840, se hace constar que una Comisión del Ayuntamiento de Madrid entregó al Congreso dos llaves correspondientes a las cajas de plomo que contienen los restos de Daoíz y Velarde, así como las dos actas de la traslación y depósito de los restos. Además se señala que dichas llaves serían depositadas en el Archivo. Este monumento a los Héroes del Dos de Mayo se rebautizó en 1985 como monumento a los Caídos por España.

Caja de caoba donde se guardan las llaves de la caja de plomo que custodian los restos de los héroes del Dos de Mayo: Daoíz y Velarde, ACDCaja de caoba donde se guardan las llaves de la caja de plomo que custodian
los restos de los héroes del Dos de Mayo: Daoíz y Velarde, ACD

En mayo de 1811, las Cortes Generales y Extraordinarias del Reino acordaron sancionar la celebración que para siempre debe celebrarse en todos los pueblos de la monarquía española en honor de las víctimas de la libertad nacional. Con el paso del tiempo se sucedieron las conmemoraciones de la efeméride, como vemos en la proclama de la Junta Provisional al pueblo de Madrid sobre la Festividad Nacional del 2 de mayo de 1820. Todas estas conmemoraciones contaban con una serie de ritos que se repetían año tras año. La Comisión especial del Ayuntamiento de Madrid, encargada de disponer todo lo necesario para la conmemoración, enviaba una misiva en la que invitaba a los señores diputados a participar en los actos, incluyendo, a su vez, el programa e invitaciones. En el Congreso se constituía una Comisión de diputados para asistir y, a su vez, se confeccionaba una lista de suplentes. Tal y como rezaba el programa, la función cívico-religiosa se iniciaba el día 1 de mayo a las 3 de la tarde, cuando se mandaba repicar las campanas de todas las iglesias de la capital. Ese mismo día, a la misma hora, la sección de artillería rompía el fuego con tres cañonazos, anunciando con ello el inicio de la festividad. Al día siguiente, 2 de mayo, tenían lugar diferentes actos litúrgicos en memoria de las víctimas junto al monumento del Campo de la Lealtad y en todas las parroquias de Madrid. A la misa principal, que tenía lugar frente al monumento, asistían personalidades de la vida política y militar como el alcalde de la ciudad, el capitán general de la Primera División, el comandante general de Artillería, altos funcionarios del Estado, Diputación Provincial y la Comisión formada por un grupo de diputados y senadores, entre otros. Un desfile militar delante del monumento a las Héroes del Dos de Mayo marcaba el final de los actos.

Sin duda, la valentía y el coraje de estos héroes no solamente quedaron inmortalizados en el monumento del Campo de la Lealtad –actualmente Plaza de la Lealtad–, sino que perduraron en el imaginario colectivo gracias a las continuas conmemoraciones. Es por ello que a los leones que flanquean las puertas del Congreso de los Diputados se les conoce como Daoíz y Velarde. Su sacrificio, como el de tantos españoles durante la Guerra de la Independencia, les llevó a convertirse en guardianes del Congreso y, por ende, de la soberanía nacional.

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